La aparición de un nuevo medio implica una idea, un propósito y un compromiso.
Por Eduardo Medina (*)
Desde hace algunos años se observa en Estados Unidos un fenómeno que se da en llamar “desiertos informativos”, que se refiere a la desaparición de la actividad periodística en cientos de pequeños poblados. Periodistas que, por medio de diarios o semanarios, informaban sobre cuestiones locales como pueden ser reuniones políticas, eventos sociales, actos escolares, accidentes viales, ya no están en esas comunidades o no ejercen el oficio.
El origen de este fenómeno está asociado a las transformaciones de la época: la elección de la pantalla por sobre el papel por razones de costos y/o comodidad; internet y la rápida conexión con el entreteniendo masivo; el acceso a la información seleccionada por el algoritmo vía redes sociales; cierto aspecto global de la vida cotidiana que rebaja los hechos que suceden en la comunidad a la nula importancia.
Para los tiempos que corren, podríamos decir que hay un problema de oferta y demanda, en el sentido de que las líneas de ambas tendencias no parecen cruzarse. La oferta de ese tipo de información se evaporó por distintos motivos y la demanda se redirigió hacia otros destinos.
Sociológicamente, la noticia escrita de lo local perdió dos efectos, el “efecto comunidad” y el “efecto pertenencia”. El interés por querer saber o comprender lo que pasa a mí al rededor y la humana necesidad de sociabilidad, de compartir valores, ideales, historias o incluso objetivos con los más cercanos, más allá de la familia o amigos. Claro que hay una cuestión generacional que atraviesa todo esto.
Según los análisis de este fenómeno en el país del norte, ese “desierto informativo” favoreció, entre otras cosas, la corrupción de los gobiernos locales, a raíz de que no existe una mirada crítica, una luz que se pose sobre las acciones de los actores políticos. Más allá de este dato puntal, que favorece las fantasías conspiranoides, lo cierto es que la información, de cualquier tipo y calidad, sin dudas que transparenta los procesos sociales, favorece la participación y mejora el debate público. En última instancia, contribuirá a mejorar el desarrollo social. Lo contrario, la opacidad de la dinámica social, no conlleva ninguna mejora y más bien incrementa el daño en el tejido comunitario.
Entre Ríos no es un pequeño poblado, ni tampoco lo son Paraná, Concordia o Concepción del Uruguay. La tarea periodística sigue vigente no sólo en las grandes ciudades, sino también en las pequeñas. Se hacen trabajos de buena calidad, buscando la objetividad y la solvencia periodística. Quizás la publicación en papel efectivamente haya mermado, pero se busca el modo de comunicar a través de blogs, páginas web, redes sociales y medios tradicionales como televisión y radio.
El problema radica en qué se informa, con qué fin o propósito se lo hace y también, por qué no, cómo se lo hace. ¿En nuestra provincia se hace periodismo para informar o sólo para entretener? ¿Se privilegia la calidad del contenido o se busca que la narración sólo capte y fidelice al lector? Todas las opciones son válidas, suman en definitiva, pero el factor mercado pareciera barrer con la posibilidad de que la información periodística local (o de “lo local”) contribuya a la comprensión de la sociedad que nos rodea, apunte a lo estructural, a desentrañar o transparentar procesos sociales, a desarticular críticamente la esfera política, económica o cultural, por ejemplo.
No existe acá un “desierto informativo”, sino un circuito de comunicación que bordea los conflictos, la complejidad, la radicalidad de un acontecimiento y que, al hacerlo, lo separa y lo encubre. No se informe de lo local, sino que se entretiene con lo local. Esta situación se genera no sólo por una supuesta demanda de un público “estándar”, sino también por la tensión que genera la cercanía de sociedades pequeñas y, por supuesto, por el ingreso económico que producen las pautas publicitarias. Frente a estas tres causas, por obligación, la narración periodística se vuelve meramente descriptiva.
Lo que encontramos en los canales de comunicación de la región son principalmente noticias e información sobre accidentes viales, actividades culturales, conflictos entre vecinos, hechos delictivos, obras públicas, deportes, transito, reclamos gremiales, agenda política de funcionarios de gobierno y la cuestión climatológica, mucha cuestión climatológica. De todo esto se comunica el hecho, los pormenores, detalles, lo mínimo. Lo exhaustivo del relato parece hacer más consistente la tarea del periodista. La exposición de los datos económicos como pueden ser la inflación, el riesgo país o los porcentajes de exportación de materia prima parecen, por un momento, acercarnos a lo que podríamos llamar un “análisis”. Pero inmediatamente viene el corte publicitario y la foja vuelve a cero.
Desde luego que esta actividad periodística está atada a la demanda, a lo que un público pensado como “estándar” requiere, pretende, compra. El cálculo de esa demanda está hecho muy escasas veces con estudios exhaustivos, y más bien se forma un poco con intuición y otro poco a partir de las “tendencias” que se importan desde Buenos Aires. De hecho, periodistas de carrera han empezado a usar sus redes sociales con ese propósito. Siendo que X (ex Twitter) no tiene mucho anclaje en Entre Ríos, el posteo de Facebook o Instagram invitan a una escritura acotada, que hable de lo esencial, que quizás contenga un dato curioso y que, dependiendo la noticia, genere algún tipo de predisposición emocional en el que lee, como ternura, empatía, indignación o enojo.
Este acoplamiento a las redes sociales y la reducción de la tarea del periodista local a una narración con el fin de llegar al lector “estándar” conlleva, en principio, tres problemas. Primero, es necesario buscar eventos que puedan satisfacer determinada narración, dejando de lado aquellos que no lo hagan. Segundo, es imposible abarcar el acontecer o contenido de todos los eventos que se puedan producir en una ciudad como Paraná, por ejemplo, entonces se hace un replique constante de historias o posteos, que cumplen con el criterio ético de “citar la fuente”, pero que, en sí, no es información. Tercero, la selección de lo que se pública no responde a una línea editorial o a un criterio profesional, sino a lo que el algoritmo del periodista le determine, lo que a su vez alimenta el algoritmo del lector “estándar”. Por esto último es que, en un mismo día, podemos ver en nuestras redes sociales un mismo evento, con una misma foto o video, a veces de una calidad reducida, pero republicado hasta dos o tres veces en la misma historia.
Por otro lado, los canales de televisión locales, como réplica de lo que sucede en los de Capital Federal, han empezado a darle a los reels de Instagram y los videos de Tik Tok un estatus de “noticia” a partir de su viralización en dichas redes. El número de vistas, comentarios, likes o reproducciones son los que le permiten llegar a la agenda. La emocionalidad o comicidad de esos videos parecen querer complacer un “pedido” de la audiencia y las escenas de presentación de estos no pocas veces quedan vacías o insustanciales.
De a ratos, las pantallas parecen sumergirse bajo un tsunami de trivialidades que no sabemos cómo parar y que terminan por arrastrarnos.
Venimos de años de disputas por el sentido, cansadoras quizás. El llamado “Conflicto del campo” articuló de algún modo los límites del campo de batalla. En donde, en efecto, entre otras cosas, se terminó por comprender que el periodismo es una perspectiva entre muchas otras, y no una verdad; que hay política hasta en la forma en la que un panelista de chimentos cuenta la infidelidad de un famoso; que en los medios y las redes nada es inocente ni esta signado por el azar. Hoy parece sencillo, pero costó bastante.
De ahí hemos pasado a un contexto en el que ni vale la pena disputar sentido, ni parece necesario hacerlo. La lógica que se impone es que todo da igual y a nadie le importa nada más que su propio espacio personal.
Frente a este panorama, en una sociedad que encara múltiples desafíos, entre ellos entenderse a sí misma, es necesario crear nuevos espacios culturales que permitan elevar el debate público, o hacer el esfuerzo por lo menos. La noticia debe ser incluida en una reflexión, el acontecimiento debe disparar preguntas, el hecho trágico necesita producir hipótesis que superen la narración melodramática de lo fugaz. La política debe ser pescada en un remolino vertiginoso y desesperante.
Glosa aparece en ese contexto, con la idea de intentar analizar con seriedad, compromiso y solidez una realidad cada vez más compleja.
* Director de Glosa