
Con poco margen para el error, el PJ local se mueve entre tensiones y oportunidades.
Por Glosa
El peronismo en la provincia de Entre Ríos atraviesa un proceso de reconfiguración crítica, marcado por una fragmentación interna cada vez más álgida tras las derrotas electorales de 2023 y la aplastante de 2025. El movimiento ha quedado carente de una conducción unificada, ya sea de una sola persona o un grupo, lo que ha derivado en una disputa de liderazgos y estrategias divergentes entre la estructura partidaria tradicional y diversos sectores disidentes. Esas estrategias muchas veces van en contra incluso de una idea primigenia de partido, pudiéndose clasificar como “individualistas”.
En efecto, la fragmentación interna es, hoy por hoy, la mayor debilidad del espacio. Las denuncias de Gustavo Guzmán y Héctor Maya de "proscripción" y un cierre del partido por parte de la cúpula el año pasado, signaron al PJ negativamente, lo volvieron una institución opaca. En concreto, le hicieron mucho daño. Esta toma de decisiones "superestructural", según advirtieron sectores de la militancia territorial, generó una desconexión entre la dirigencia (o lo que queda de ella) y las bases locales, quienes a menudo se enteran de las candidaturas a través de los medios de comunicación. Nada de esto es nuevo, pero ahora toma otro carácter.
Otro lastre significativo es el impacto de causas de judiciales que afectan a figuras centrales de la estructura, tanto a nivel nacional como provincial. Estas sombras proyectadas en la sociedad cada vez que la coyuntura lo necesita, sumadas a la falta de renovación en ciertos sectores, alimentan una imagen de "ética debilitada" que genera rechazo en un electorado agotado de noticias de corrupción, por ejemplo. Finalmente, el peronismo carga con el costo político de una gestión previsional que no garantizó la sustentabilidad de la Caja de Jubilaciones, un tema pendiente que la administración de Rogelio Frigerio busca capitalizar por estos días.
La consolidación de una alianza entre los sectores libertarios de la provincia y el gobierno de Rogelio Frigerio representa una amenaza electoral directa y contundente para la capacidad de recuperación del PJ en el corto plazo, principalmente de cara al 2027. El 54% obtenido en octubre pasado de a ratos parece un techo que puede llegar a estirarse un poco más. La posibilidad de que Javier Milei a nivel nacional consiga contener la inflación y cierta estabilidad cambiaria hacen más patente dicha amenaza.
Las peleas bonaerenses entre Kiciloff y La Cámpora, que ahora perecen haber menguado con un acuerdo, también constituyen un riesgo elevado para el PJ local, a partir de que muchos dirigentes entrerrianos buscan conchabo económico y estructural afuera del territorio y leen esa disputa como una “oportunidad” o un jugarse “a todo o nada”. Esa búsqueda también es la de una legitimidad que nunca pudo construirse autónomamente, a la vieja usanza, y con los años pareció ser la única manera de que un actor pueda ser relevante en el juego interno. El llamado “apadrinamiento”.
Por otro lado, la creciente apatía del electorado, visible en los bajos niveles de participación y el escepticismo general que se manifiesta en la sociedad día a día, amenaza con castigar a las fuerzas tradicionales si no logran transmitir un mensaje de esperanza real, o más concretamente, de construcción de futuro. Por último, existe la posibilidad de sanciones o expulsiones de afiliados que compitieron por fuera de la estructura, lo que podría profundizar la sangría de cuadros y militantes.
La principal fortaleza del peronismo entrerriano reside en su control de nodos institucionales estratégicos, particularmente en la gestión de ciudades clave como Paraná, bajo la intendencia de Rosario Romero, y Concepción del Uruguay, con José Laurito. Estas gestiones locales funcionan como vitrinas de gobernabilidad en un contexto donde el peronismo es, por decantación, oposición a nivel provincial.
Asimismo, el movimiento conserva cuadros técnicos y políticos con amplia experiencia en la administración pública y en procesos institucionales complejos que se han desarrollado en las últimas décadas. Figuras como Guillermo Michel, ex director de Aduanas, aportan una dimensión de gestión técnica que busca proyectarse hacia el futuro electoral de la provincia. Ideológicamente, el discurso del PJ mantiene pilares históricos como el federalismo y la justicia social, banderas que intentan conectar con las necesidades de desarrollo de las provincias frente a visiones centralistas.
A pesar del clima de crisis antes descripto, el peronismo entrerriano tiene ante sí la oportunidad de una renovación profunda. Existe un debate creciente sobre la necesidad de construir un "peronismo entrerriano" con identidad propia, tomando como espejo el modelo de Córdoba, que priorice la gestión y se desmarque de las directrices de las estructuras nacionales. En esa línea, Rosario Romero surge en este contexto como una figura con potencial para liderar este proceso de cara a 2027, basando su perfil en la eficacia administrativa y el diálogo institucional.
La actual coyuntura económica también abre una ventana para que el PJ recupere su agenda centrada en la producción, el empleo y el alivio a los sectores comerciales afectados por el ajuste fiscal y la liberación de importaciones. Si el partido logra canalizar el malestar social hacia una propuesta propositiva y transparente, apelando a conceptos como el de "ficha limpia" que viene utilizando la centroderecha, por ejemplo, podría reconfigurar su vínculo con la ciudadanía. La fragmentación actual, aunque dolorosa, podría ser el preludio necesario para una depuración que permita la emergencia de nuevos liderazgos jóvenes que tomen la posta de los dirigentes de trayectorias demasiado extendidas.
En definitiva, el peronismo de Entre Ríos enfrenta una prueba de supervivencia institucional ante una sociedad que está cambiando rápidamente. Se tensiona entre quienes han ganado con el status quo y quienes pretenden romperlo para establecer un nuevo orden. El margen de error para ese juego es mínimo. Posiblemente no resurja tal cual lo conocemos hoy. La resolución de sus conflictos internos, la transparencia en sus prácticas y su capacidad para ofrecer soluciones concretas a los problemas de la gente, determinarán si la actual división es un estallido terminal o el inicio de una necesaria transformación.
Fotografía: Partido Justicialista de Entre Ríos