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La identidad y las fiestas populares

Lali

A propósito de un reclamo de artistas entrerrianos.

 

Por Glosa

Artistas, músicos, bailarines y trabajadores de la cultura de Entre Ríos se manifestaron el 16 de enero en Paraná para reclamar una mayor participación de talentos locales en los festivales públicos de la región, denunciando falta de representatividad, pérdida de identidad cultural en eventos folclóricos y condiciones desiguales frente a artistas foráneos. El sector cultural vincula esta situación a una gestión que, según su visión, descuida el patrimonio histórico y artístico entrerriano, buscando de este modo visibilizar la necesidad de políticas culturales que garanticen espacios de trabajo dignos.

El acontecimiento nos sirve como disparador para pensar el fenómeno de la cultura entrerriana más allá del reclamo puntual. Por años, la cultura de la provincia estuvo asociada al folklore, a la vida de campo, al tradicionalismo y a lo que Jorge Luis Borges definió socarronamente como “el color local”. Esta tendencia no sólo era una iniciativa de la sociedad, sino que el propio estado la impulsaba, la hacía política a través de diversas acciones. Desde luego, a la par que esto sucedía, otras expresiones iban quedando de lado, por no encajar en la idea de “cultura” que se tenía.

Desde hace una década quizás, el estado provincial cambió esa perspectiva. En su idea de cultura entró la gastronomía, las ferias, los emprendedores, la momentánea apropiación de calles y plazas por parte de los ciudadanos para disfrutar un espacio en común. No era necesario que sea una fecha patria para que esto suceda. Se puede hacer cultura entrerriana escuchando rock en castellano o en inglés, tocando cumbia y también, por supuesto, disfrutando del folklore de los artistas entrerrianos. Incluso aparecieron viñedos en la provincia, que le hicieron recordar a todos que alguna vez Entre Ríos fue el productor de vino por excelencia, pero que ese derecho se le quitó para relegarlo a ser un mero productor de cultivos. Muchos vislumbraron ahí que tal vez el destino de “nuestras raíces” pudo ser otro, pero la política lo impidió.

El reclamo de estos artistas populares, quienes exigen mayor participación, e incluso la aplicación de leyes de cupo local, no es un fenómeno aislado, sino la manifestación contemporánea de una tensión histórica en la construcción de la identidad argentina. Para comprender la raíz de estas demandas, es necesario analizar si la cultura de una región es un brote espontáneo o una construcción intelectual y política, y bajo qué criterios se valida o excluye a otras expresiones artísticas.

La noción de que el folklore es el "verdadero espíritu de la argentinidad" y que reside en el interior profundo se consolidó sistemáticamente a partir de 1890. Intelectuales como Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones articularon un dualismo moral: mientras Buenos Aires se "europeizaba" y se corrompía con modas extranjeras, el Noroeste y el interior conservaban una "sabiduría ancestral incontaminada".

Este paradigma no surgió de la nada. Fue una respuesta al impacto de la inmigración masiva, que las élites tradicionales percibían como una amenaza a su hegemonía y a la pureza nacional. Al idealizar al campesino criollo, el zafrero, el arriero o el gaucho, como arquetipo de moralidad, las élites provinciales encontraron un mecanismo para legitimar su poder real en un momento de crisis económica y política.

La historiografía demuestra que lo que hoy llamamos “cultura regional” no es un hecho puramente "natural" ni generado por sí solo, sino una categoría construida junto con los procesos de configuración de los Estados-nación en el siglo XIX. Los folcloristas científicos (positivistas) se apropiaron simbólicamente de las comunidades rurales, etiquetándolas como el último reducto de la nacionalidad, mientras el propio mercado nacional arruinaba a los pequeños productores locales.

Un ejemplo concreto es la preponderancia del Noroeste en el canon folclórico argentino. Como remarca Oscar Chamosa en su libro Breve historia del folclore argentino, esta no fue una casualidad geográfica, sino el resultado de políticas culturales financiadas por la élite azucarera de Tucumán, liderada por figuras como Ernesto Padilla, para proteger sus intereses económicos ante el avance del radicalismo y el socialismo urbano. De igual manera, en Cuyo, la élite vitivinícola impulsó la Fiesta de la Vendimia en 1936 como un modelo de fiesta regional para nacionalizar su cultura local. Por tanto, la cultura regional ha sido a lo largo de las décadas una "mercadería simbólica" utilizada para uniformizar lo local bajo un estándar nacional aceptable para las clases dirigentes.

El reclamo de los artistas de Entre Ríos, en efecto, subraya una pérdida de identidad frente a géneros como el rock, el pop o la cumbia. Históricamente, este temor a lo "foráneo" ha sido una constante. En la década de 1910, el folklore se utilizó para invisibilizar al nuevo sujeto social urbano y demonizar corrientes como el socialismo o el anarquismo, tildándolos de "efectos disolventes".

Sin embargo, la validez de estas "otras" expresiones es una realidad histórica insoslayable. Según Chamosa, el propio folklore artístico, impulsado por pioneros como Andrés Chazarreta, fue una estilización de ritmos campesinos adaptada para el consumo en teatros y radios porteñas, a menudo bajo el auspicio de empresas multinacionales que usaban la cultura criolla para penetrar el mercado interno.

El pedido de inclusión de los artistas entrerrianos se ampara en una construcción histórica que sacralizó las tradiciones orales frente al progreso universal. No obstante, la cultura es, entre otras cosas, un proceso dinámico de integración y exclusión, donde incluso se negocian hasta las identidades. Mientras los artistas locales ven en los géneros modernos una amenaza, la historia enseña que el folklore mismo fue una invención de élites e intelectuales para disciplinar a las masas y construir un mito de homogeneidad ahistórica. La validez de las expresiones culturales actuales, por tanto, no reside en su "pureza" ancestral, que es en gran medida una construcción, sino en su capacidad de representar a los sujetos reales de la sociedad contemporánea, más allá de los estereotipos museificados.

 

Fotografía: Municipalidad de Paraná