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Frigerio y el poder

frigerio y el poder

La gestión provincial navega entre obstáculos imprevisibles, alianzas tortuosas y desafíos estructurales, demasiado atado a factores externos.

 

Por Eduardo Medina

El modo con el que se trabaja la idea de poder es lo que da forma a un gobierno. Esto lo distingue y lo caracteriza tanto en el juego interno, como hacia sus opositores y, desde luego, con la ciudadanía. Pasa tanto a nivel nacional como provincial. Pero los puntos por donde circula o se hace visible ese poder no son los mismos en uno y otro nivel.

El peronismo supo trabajar de modo eficiente la idea de poder durante veinte años en la provincia. Pasaron tres gobernadores, cinco mandatos e incluso una reforma constitucional que, para su concreción, requirió habilidades importantes. Su derrota fue para muchos una pérdida del timing político, para otros, el irrefrenable desgaste al que se somete cualquier gestión de gobierno. No pocos lo atribuyen a un cambio de época que incluye y sintetiza ambas opciones.

El gobierno de Rogelio Frigerio no parece encontrarles la vuelta a los resortes del poder local. Al parecer, en dos años, nunca ha podido. Por un lado, no logra dominar las acciones de la propia gestión, que ya cuenta con innumerables funcionarios de distintas líneas renunciados en ese periodo. Ese dominio o control ni siquiera ocurre en el llano nivel burocrático, donde no pueden contar con directores o coordinadores que manejen la simple técnica del trabajo con expedientes. La “lluvia de ideas” extraída del management empresarial, como forma de pergeñar políticas públicas o acciones de gobierno, encuentra su precipitado límite en la compleja realidad social local, indomable por estas horas para actores emigrados desde Buenos Aires.

Frente a esta particular problemática, se dan dos noticias, una buena y una mala. La buena es que al interior de la gestión provincial se ha llegado a un diagnóstico sólido y consensuado para este dilema: falta de volumen técnico y político. La mala es que no tiene cura en el corto y mediano plazo.

Este diagnóstico estuvo como tema a resolver desde diciembre de 2023. De ahí la captación y cooptación de dirigentes, militantes y funcionarios del peronismo. Estas acciones fueron leídas por dicha oposición como una afrenta y una estrategia de desgaste o resquebrajamiento, pero, vistos con lupa, un solapado mecanismo para robustecer de cuadros al propio gobierno. Como plus, obvio, mojarle la oreja al rival nunca viene mal.

Como si todo esto fuera poco, se suma (ahora sí) una alianza ineludible y necesaria con la Libertad Avanza entrerriana de cara al 2027, que poco y nada puede aportar a la gestión, principalmente en lo técnico, más no sea una línea directa con la mesa chica libertaria a nivel nacional (Karina básicamente). La posibilidad no representa el problema, sino la obligación. Si en algún momento el gobernador no tuviese otra opción que ceder un área de gestión a los libertarios, sería como meter un elefante en un bazar. Demasiado con los que ya tiene metidos en la actualidad.

Los componentes estructurales de la sociedad entrerriana parecen darle a Frigerio cierto reparo, pero hasta ahí. Comunidades conservadoras y nerviosamente derechizadas actúan por ahora como respaldo. Dos votaciones, 2023 y 2025, así lo demuestran. Pero gremios, círculos profesionales, jubilados, discapacitados, comunidad universitaria, amplios sectores de la cultura y, ahora, empresarios y fuerzas de seguridad, empiezan a mostrar directamente rechazo a una gestión que no se caracteriza por hacer, sino por su contrario.

Algunos de estos colectivos o círculos podrían cooptarse con relativa facilidad si tan sólo hubiese caja, disponibilidad, pero no la hay. Lo que queda, a duras penas, puede llegar a cubrir las elecciones del año que viene, para realizar el clásico y gastado truco del despliegue de maquinaria de Vialidad por las rutas provinciales en los meses preelectorales. Cuando los empresarios de “Entre Ríos 2050” le pidieron a Frigerio mayor inversión, pero “de verdad”, el telón de fondo se cayó y pudieron verse los hilos que sostienen la obra. A los gitanos no se les puede tirar la suerte. Efectivamente, no hay plata.

El estridente apotegma inicial de Javier Milei sobre la escasez de recursos es, en concreto, la puerta de entrada a un sofisticado mecanismo que intenta que cada vez más ciudadanos acepten una realidad pobre y menguada, a partir de una racionalidad técnica que les explica la economía del país binariamente, con el debe y el haber, lo que entra y lo que sale. Si además de la base electoral libertaria del treinta por ciento, se puede sumar a más argentinos a este nuevo status quo, la distribución de recursos, poblar el país de obras, por ejemplo, ya no será tan necesario para gobernar.

Pero Rogelio Frigerio quedó a mitad de camino de esta nueva tecnología del poder. Primero, porque esta herramienta proviene de un partido que no es el suyo, más allá de que hoy es un aliado incondicional, y, segundo, porque no está tan convencido ni él ni su equipo de las posibilidades o beneficios que le pueda otorgar. Lo que para Milei es un límite infranqueable, para el gobernador entrerriano es un punto discutible. Esto lo vuelve un tibio, quizás. Y la experiencia de Mauricio Macri (2015-2019), le dejó en claro que esa no es la mejor posición en tiempos de crisis. ¿Entenderá y respaldará el grueso del electorado local esa tibieza? ¿Lo querrá más jugado por la lógica libertaria? ¿O esta nueva burbuja eficientista se romperá abruptamente y lo dejará en off side? Son los puntos ciegos a lo que no se accede tan temprano, pero que requieren una decisión bastante anticipada para sopesarlos todos a la vez, si se puede.

De todos modos, en esta dimensión del poder, en donde se trata de definir (y de hecho se lo consigue bastante) qué es lo normal, qué es lo racional o qué es lo posible, a partir del escenario y los valores planteados a nivel nacional por el mileísmo, el gobierno provincial aún juega con ventaja, es decir, va bastante más adelantado que el peronismo, que ni siquiera arrancó.

En esa línea, la gestión de Rogelio Frigerio trabaja con el tiempo, hace de éste un aliado. Su máxima de uso cotidiano, extraída de los más refinados analistas de la comunicación internacional, es que las noticias negativas, por más impacto que causen, tras dos o tres semanas se evaporan, no solamente del debate público, sino más que nada del recuerdo colectivo. Hay que saber bloquearlas a tiempo, por supuesto. Sólo persisten con firmeza en aquellos que se han visto directa o indirectamente afectados por una medida o acción de gobierno. Un dato para tener en cuenta, siempre. Esos actores son los que más temprano que tarde robustecen las filas del rival.

Como ya hemos dicho en otras oportunidades, el sistema de comunicación política de Entre Ríos, compuesto por instituciones, medios tradicionales y cuentas de redes sociales que replican información política, no tiene la suficiente espesura para sostener voluntaria o involuntariamente una agenda contraria al gobierno provincial, lo cual permite aminorar los efectos de cualquier crisis. Obviamente, esta condición tiene su contrapartida, y es que no se puede contar con dicho sistema para la difusión de determinados mensajes específicos, para la construcción de un andamiaje de información que modele la realidad provincial de una determinada manera, o bien para la “operación” de gran escala. No por nada, tanto Frigerio como otros actores locales utilizan de plataforma los medios nacionales como forma de buscar posicionarse en su propia provincia. En consecuencia, aquí, la comunicación se puede controlar bastante, pero no manipular a gusto y piacere.

Por eso mismo, si bien el frigerísmo intenta que todo se mantenga canalizado por las vías institucionales, controlado, sabe perfectamente que esa quietud o pasividad de los opositores, que funcionó muy bien en los dos primeros años y le rindió sus frutos, va a ir decantando, degradándose y volviéndose más complicada, incluso de asimilar. La vinculación de funcionarios provinciales con el narcotráfico a partir de un informe en un medio nacional es uno de esos primeros entuertos. Seguramente vendrán otros, pero no se puede saber por qué vías o canales, con qué densidad o contenido y tampoco con qué consecuencias.

Esa dimensión del poder, la necesaria autodisciplina de los actores, es la que día a día jaquea al gobierno nacional y poco a poco va a ir moviéndole el piso también a la gestión provincial. Es lo azaroso e imprevisible de la política, pero también las consecuencias no buscadas de las acciones que uno mismo realiza. Allí aparecen, entre otras, la modificación del IOSPER por el OSER, la confrontación directa con los gremios docentes en 2024 y en el presente 2026, la alianza con la Libertad Avanza entrerriana, la llamada “reforma previsional” y la crisis en Salud Mental, reflejada principalmente por la escalada en la tasa de suicidios. Aunque el gobierno intente transformar cada uno de estos puntos en un “logro” o en una gestión acertada, lo cierto es que sabe que necesita mucha suerte para conseguirlo y que sea recibido por el grueso del electorado con una percepción positiva.

El balance de estos dos años de la gestión de Rogelio Frigerio se caracteriza más por los obstáculos, errores propios y problemas heredados que por logros concretos. A pesar de los intentos de controlar el relato aprovechando la modificación del status quo, las dificultades estructurales y los desafíos sectoriales, como la educación y la salud, siguen marcando el pulso político de la provincia como antaño. El futuro inmediato demanda decisiones claras, pero la falta de ese volumen técnico y político diagnosticado e irresoluble, sumado a la fuerte dependencia de factores externos, dejan al gobierno entrerriano navegando en el medio de una profunda incertidumbre, pendiente casi en exclusivo de la reacción de una sociedad cada vez menos tolerante ante la falta de respuestas.

 

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Fotografía: Portal Gobierno de Entre Ríos