
Una relectura del ideario artiguista como llamado a reconstruir un “nosotros” arraigado en la tierra: federalismo real, humildad en el mando y unidad popular para salir de la crisis.
Por Camilo J. Hernández (*)
Muchos gobernantes entrerrianos han utilizado el concepto de federalismo como bandera, no sólo por su evidente componente de autonomía frente al poder nacional, sino también como una premisa capaz de insertar sus gestiones en una línea histórica en busca de un sustrato identitario. A otros no les dice nada, porque lo que tiene para decirles resulta contrario y hasta peligroso para sus pilares gubernamentales.
Muy pocos de esos gobernantes han leído y conocen las propuestas del Protector de los Pueblos Libres, don José Gervasio Artigas, y ninguno ha programado, pensado o propuesto como horizonte —aunque sea utópico— el cumplimiento de sus ideas políticas, sociales y económicas. Cualquiera de esas propuestas sería considerada hoy reveladoramente revolucionaria.
Tal vez, en otra oportunidad, podríamos revisar desde el Reglamento Provisorio de Tierras hasta las Instrucciones a los diputados de la Asamblea del Año XIII, y confirmaríamos esta afirmación.
El artiguismo —es decir, las fuerzas sociales pluriclasistas y pluriétnicas del litoral, organizadas democrática y republicanamente bajo la figura de un líder que nunca se separó de sus bases e hizo del ejemplo personal de humildad un faro entre sus pares— debió enfrentar una triple amenaza: las fuerzas realistas y reaccionarias, con sus aliados locales; las invasiones del Imperio portugués; y las intrigas separatistas, liberales, pro británicas y centralistas de los porteños.
Resulta difícil pensar en un contexto más adverso, pero, a modo de hipótesis, puede afirmarse que esas mismas amenazas actuaron como factores de cohesión para que distintos pueblos, escindidos deliberadamente de sus representantes coloniales o regentes locales, encontraran en el artiguismo una forma autóctona de canalizar su potencial político.
El 5 de febrero de 1816, Artigas se comunicó con quien consideraba su par, un “estimado paisano”, nada más y nada menos que Martín Miguel de Güemes, para expresar no solo su agradecimiento por la labor de mantener a raya a los invasores españoles en el norte —y, con ello, sostener el plan continental sanmartiniano—, sino también, de acuerdo con mi lectura, para reforzar su posición de no enviar representantes al Congreso de Tucumán, que comenzaría sus sesiones en marzo de ese año.
Allí, luego de repasar el marco político, Artigas afirma: “Nada tenemos que esperar sino de nosotros mismos”, y se convence de que, una vez vencidas las fuerzas externas opositoras, “será fácil reunir los intereses y sentimientos de todos los pueblos y salvarlos con su propia energía”. Me gustaría detenerme en estas dos expresiones, que funcionan como apotegmas para la acción política presente.
La primera frase parece obvia, pero se complejiza al preguntarnos quiénes somos “nosotros mismos”. Podríamos asumir que, en la actualidad, ese “nosotros” es el campo nacional y popular. Sabemos que se trata de un espacio heterogéneo y diverso, que no coincide en todos los puntos, pero que está obligado a discriminar entre contradicciones principales y secundarias. Visualizar y acordar un conjunto de principios políticos, económicos, sociales y culturales que sostengan a las mayorías populares y revitalicen el nexo entre habitantes y suelo; que cimienten las invisibles fuerzas que hacen que cada uno sienta propio su espacio; que está en sus manos la potencialidad de cambiarlo y disfrutar de sus frutos.
Ese “nosotros mismos” no busca en una exterioridad soluciones salvíficas; es introspectivo y cercano: mira sobre el hombro, mira a un costado y mira a quienes lo rodean.
Cuando Artigas avisa que su autoridad emana de vosotros y que, bajo vuestra presencia soberana, cesa de inmediato, sintetiza un vínculo primario entre soberanía, tierra y habitantes. La autoridad soberana no aparece ni como fenómeno ni como noúmeno; no es apariencia ni cosa dada, sino más bien una personificación o corporización del ethos local, de raíces profundas y autóctonas, que se traducirá en un tipo particular de relación y creación del nomos.
John Robertson, asombrado con sus ojos sajones, reconoce el magnetismo de quien llaman cariñosa y familiarmente “mi general”: la autoridad máxima de la mitad del territorio del Nuevo Mundo, sentado sobre una cabeza de novillo, comiendo carne asada y tomando ginebra en guampa. Lo que Robertson no puede ver, pero intuye, es que ese general surgió de esa tierra y de esos hombres; su vínculo no fue diluido por otras prácticas o pensamientos, sino que contribuyeron a construir sobre esos cimientos telúricos. De ahí que ese “nosotros mismos” revista un carácter homogéneo a pesar de las diferencias entre guaraníes, charrúas, criollos, negros y mestizos. Todos ellos manifiestan en su ethos la conexión terrenal. Su estar y ser en la tierra, dirá Rodolfo Kusch.
Es el momento de que aquellos que asuman el valor de entregarse de lleno a gobernar abandonen mezquindades y se entreguen a la grandeza de la construcción desde la más absoluta humildad: rostros nuevos con un proyecto nuevo, que no necesariamente deberá desechar procesos anteriores, pero que indefectiblemente tendrá que aspirar, con eficacia, a contribuir al crecimiento de la provincia en todos sus términos y, como condición excluyente, a sacar de la pobreza a miles de entrerrianos, tanto a quienes poseen un trabajo formal como a quienes no. Políticos que estén tan cerca de su suelo como Artigas sobre su cabeza de novillo; que, a pesar de no contar con más de “300 pesos” en el cofre, planifiquen sin perder de vista que los más infelices deberán ser los más beneficiados.
Ese “nosotros” no puede esperar pasivamente el deterioro del actual gobierno ni una crisis nacional que arrastre a la realidad local. Se trata de un imperativo con fecha de vencimiento.
La inercia de las estructuras políticas actuales, el rol de los medios y las redes, sumados al desencanto crónico, actúan como catalizadores de esta urgencia. Las riñas egoístas al interior del Partido Justicialista entrerriano —que, en las elecciones pasadas, limitaron la presentación de listas alternativas— son una muestra. La aparición de sellos nuevos con caras viejas es otra. La fragmentación de las izquierdas en grupúsculos, una más.
Artigas utilizó el plural al hablar de “pueblos” y así evitó incurrir en un potencial impulso dictatorial o centralizador. Sabe que la organización de Santa Fe y la de Corrientes no serán iguales; conoce las diferencias de las Misiones y, por ello, confía en la figura de Andresito. Al reconocer y sostener esas diferencias, fortalece el concepto de federalismo y la riqueza de las organizaciones autóctonas. Artigas conoce el nomos de la tierra y cómo la posesión y el uso de la tierra generan soberanía y, por ende, un ordenamiento jurídico acorde. Conocer y habitar el territorio y a sus habitantes es condición prioritaria para planificar y gobernar.
Respecto de la segunda frase —“será fácil reunir los intereses y sentimientos de todos los pueblos y salvarlos con su propia energía”— surgen mayores complejidades. Reunir intereses y sentimientos en una cadena equivalencial no es tarea sencilla. Ambos se encuentran profundamente atravesados por las acuciantes condiciones de reproducción de la vida cotidiana: la materialidad de la supervivencia diaria, que alimenta pasiones tristes, radicalizadas por la lógica algorítmica.
A pesar de ello, la primera premisa condiciona a la segunda. Se trata de suplantar la
imaginalización por una hiperstición nacional y popular, capaz de modelar prácticas y orientar la acción en sintonía con ella. No podemos darnos el lujo de ceder a las derechas recalcitrantes la capacidad de crear futuros, de imponer las reglas del juego por venir, de abandonar las utopías y limitarnos a reflexionar sobre la inevitabilidad de las distopías.
Ya hemos permitido que, a través del endeudamiento y de las “dinámicas financieras”, se tome el control de nuestras decisiones, y comenzamos a dejar que lecturas oscurantistas como las de Curtis Yarvin, Peter Thiel y compañía proyecten el futuro a partir de giros neoconservadores y reaccionarios.
El artiguismo, como ordenamiento rector de futuridades factibles y cercanas, como discurso y narrativa integradora y performativa, debería constituir una tarea central. Artigas le dirá a Güemes que “entre tanto es preciso tomar todas las medidas análogas a ese fin”.
Para tomar esas medidas, el artiguismo debe funcionar como una aplicación práctica del estar en la tierra y del sustrato normativo que emerge de ella. Una vez más: artiguismo como la realización del nomos schmittiano en la geocultura litoraleña; Schmitt y Kusch con correa de transmisión artiguista.
Desde la ocupación, reparto y obligatoriedad de producir la tierra, establecida en el Reglamento Provisorio de 1815, hasta la soberanía y el ejercicio del poder político de un representante ligado, mezclado y surgido de los habitantes-ocupantes del terruño, la experiencia comprendida entre 1810 y 1820 de los pueblos del acuífero guaraní, de la América profunda, construyó una política viva, bárbara y propia.
Queremos creer que no es casual que Artigas haya instalado su campamento base en Purificación y que desde allí le escriba a Güemes. Purificar: limpiar profundamente el espíritu nacional y popular para conectarlo con nuestro nomos y nuestro folclore; limpieza de las filas de sus representantes y de las prioridades políticas y sociales, para salvarnos de un presente aciago y comenzar a diagramar un futuro cercano y promisorio. Esa purificación no corre solo para gobernantes y aspirantes a gobernar: empieza por “nosotros mismos”. Abrevar en una ética artiguista es el primer paso.
* Politólogo. Magister en Industrias Culturales.